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"Si no tienes sentido del humor, estás a merced de los demás". -William Rotsler- |
Conocí a Joe en un mall. Yo andaba vitrineando sin un peso en los bolsillos, cuando este hombrecito me preguntó qué me parecía la camisa que se estaba probando. Mis antenitas de vinil detectaron la posibilidad de una aventura y sin pensarlo dos veces comencé a hacerme el lindorfo.
Resultó que Joe vivía súper cerca de mi casa y ofreció llevarme. Yo, teniendo claro para dónde iba la micro, le dije que nos fuéramos a tomar un trago antes de irnos calabaza.
Hay oportunidades en que los preámbulos son una pérdida de tiempo, especialmente cuando uno sabe lo que quiere hacer. O sea, si yo hubiese pensado que el chiquillo tenía potencial para marido es seguro que me hubiera hecho el decente y sólo habría intercambiado número de teléfono, pero hay veces en las que un buen polvo es lo más saludable e indicado para la situación.
Un trago se transformó en dos y en tres, y un par de horas más tarde los dos sabíamos cómo iba a terminar la noche. Estaba saboreándome de puro pensar en el postre cuando se me vino a la memoria la tragedia: Ese día había lavado todas mis pilchas y los únicos calzoncillos que me quedaron fueron unos tan grandes que hasta a mi abuelo le habría dado vergüenza ponérselos.
No es que hubiese comprado churrines de vieja, era que mi compañero de departamento, que tenía más de 60 años, un día cualquiera que andaba de compras no encontró nada más simpático que aprovechar la oferta del dos por uno; por supuesto, su gusto no era de lo más fashion, pero cuando me dio el regalo no me quedó otra que sonreír y decir gracias.
Los atroces chitecos habían estado en el fondo de una cómoda por meses, pero el destino es muy juguetón y, como soy más flojo que el perro de la Heidi, eran los únicos que me quedaban esa mañana de lavandería.
Complicado con la idea de pasar una plancha, no sabía a cuál de mis dos cabezas escuchar: O a la de mis pantalones, que me decía que me lanzara al ring de cuatro perillas, o a la que descansa en mis hombros, que me aconsejaba irme para la casa. Como deben imaginar, el deseo de hacer la cochiná fue más fuerte.
Mi plan era sencillo: Empelotarme lo más rápido posible, poner los calzoncillos en un lulo y tirarme al dulce con la luz apagada, para que cuando me vistiera los vergonzosos calzones pasaran piola.
Llegamos a su casa e iniciamos el atraque heavy, como en las películas. Nos sobajeamos como malos de la cabeza y rapidito ya estábamos listos para el gran remate erótico. Fuimos a la pieza y comenzamos a sacarnos la ropa. Yo empecé por la polera y cuando llegó la hora de bajarme los pantalones, haciéndome el sexy, apagué la luz. Pero a mi Romeo le gustaba con la ampolleta prendida y para más recacha me pidió que no me empiluchara completo. “Me calienta la ropa interior”, me dijo.
A esas altura no me quedaba más que aceptar mi destino. El hombre esperaba unos bóxer sexy y apretados, pero se iba a encontrar con una prenda interior de la tercera edad. Me senté en la cama, me saqué los pantalones y me acosté rojo como tomate. Joe me miró, se cagó de la risa y me dijo entre carcajadas: “Día de lavado de ropa, eh”. Nos reímos juntos, me saqué los matapasiones y comenzamos la función. La noche fue de película y la vergüenza se me pasó rapidito entre gemidos y saltos ornamentales.
Joe y yo nos vimos un par de veces más, y ahí sí me aseguré de andar trayendo los mejores slips de mi colección.
Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.
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