14.07.2012


Pasamos de la lujuria al odio por salir a comprar una maldita cocina


La Topacio (¡qué antigua!) es una chala vieja comparada conmigo cuando se trata de dramas románticos. Desde chico tuve tendencias histriónicas y con la edad lo melodramático sólo se fue haciendo más intenso. Con los amoríos siempre seré una pera madura… jugosa.

Como he contado antes, una de las relaciones más explosivas que tuve fue con el Rizo. Nos conocimos en una disco santiaguina y desde el instante en que hicimos cambio de luces quedó claro que éramos pura amongelatina. Si en esa época Hinzpeter hubiera sido ministro del Interior, de seguro que habríamos caído presos en el Caso Bombas.

Tras el primer round en el box spring se sucedieron los siguientes asaltos uno tras otro hasta que en menos de un mes prácticamente vivíamos juntos. El ímpetu era tanto, que no podíamos pasar mucho tiempo juntos sin tirarnos al dulce.

Baños públicos, clósets, cocinas, autos, tablas de planchar y mesitas de centro fueron escenografía de nuestro tórrido romance; no teníamos ni una pizca de vergüenza o miedo de que nos pillaran. Alentados por calentura y la pasión, pasábamos como anticuchos frente al mundo sin que nadie se diera cuenta.

Pero de la mano de la lujuria venía también la cuática. Las peleas eran titánicas y casi tan seguidas como los restregones con mordida de orejas.

Una helada tarde de invierno, Rizo y yo tuvimos la genial idea de comprar una cocina nueva. Atontados por el amor y una ardiente sesión de cacheteo que habíamos tenido, nos inspiramos y decidimos que era hora de votar el viejo y oxidado aparato para instalar un nuevito de paquete.

Así fue que partimos como la Dorothy y el Hombre de Lata del Mago de Oz, dando brinquitos y siguiendo el camino amarillo en una aventura como ninguna otra. Vitrineamos en todos los locales del centro y dejamos las tapillas en la calle, hasta que apareció la cocina perfecta.

Lamentablemente uno no puede hacer como Mi Bella Genio y mandar la cocina a la casa de un pestañazo, y fue así como el transporte del artículo de línea blanca se transformó de aventura en pesadilla.

El conductor de la multitienda nos dejo la cocina en la puerta del edificio. Según nos dijo, a él no le pagaban por subirla y nica nos ayudaba, a menos que le tiráramos diez lucas. En ese entonces esa cantidad era harta plata, así que optamos por hacerlo solitos.

Y ahí quedamos, tirados, como abandonados a la vida. Dos coliguachos espantados con una cocina que pesaba una tonelada y con dos pisos de escaleras por subir.

De “levántela un poquito más, mi amor” pasamos a “puta mueve la wea” en menos un pestañazo. Los escalones eran interminables y mientras más movíamos la enorme caja, más claro era que yo no había nacido para los trabajos pesados.

Mis aires de princesa rusa no corrían en esta historia. Rizo estaba indignado y convencido de que por mi culpa íbamos a tener que cocinar en las escaleras. El diálogo que rebalsó la copa  fue más o menos así:

- ¿Estái tratando siquiera?

- Claro que trato, pero no me la puedo.

- A lo mejor si te sacas la corona y pones un poco de fuerza se te hace más fácil

- A lo mejor si te vai un ratito a la mierda se hace más fácil.

Con esa última frase célebre el hombre agarró su dignidad y se mandó a cambiar. Mientras marchaba camino a la puerta, yo le gritaba y lo amenazaba: “Si te vas ahora, que ni se te ocurra aparecerte de nuevo, hijo de tu santísima madre”. Pero él continuó su cabalgata hacia el horizonte sin mirar atrás.

Yo me quedé botado como una cacharra vieja en el camino, solitario con mi cocina nueva, con los dedos medio reventados y la mierda hirviendo. Estuve sentado en las escaleras casi media hora, hasta que unos vecinos compasivos salieron a ayudarme.

Rizo apareció al día siguiente con una mata de disculpas. Yo traté de hacerme el indignado, pero este cuerpo es tan débil cuando se trata de los pecados de la carne, que hasta ahí llegó mi enojo…


Autor del Artículo:

Gay & The City

Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.


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  • Antoñita

    Fenomenal! me he reido a carcajada limpia!
    Uno de los mejores que he leido!
    Un abrazo

  • Janoto25

    me encanto…me rei mucho ,aunque,estoy en el trabajo…un beso