16.03.2012


“Ni lesbiana despechada ni medusa me aguaron el viaje”


Vieques es una isla maravillosa, simple y auténtica que aún no ha sido destruida por las garras del turismo masivo. No oculta su pobreza, sino que la mezcla con playas hermosas y gente amable y buena pa’l carrete. Puede que este cóctel de realidad y paraíso no sea el ideal de vacaciones para todo el mundo, pero para Tom y yo lo fue.

A nuestra llegada al aeropuerto nos esperaba Kris, una lesbi bien dije que habíamos contratado como guía turística para nuestra estadía. Yo sé que suena cuico, pero la verdad es que salía más barato contratarla a ella que arrendar un auto, y en Vieques se necesita un cacharro para moverse.

Kris había llegado a la isla hacía 8 años con su pareja. Por desgracia, el amor le fue traicionero y la mina la dejó botella. Les cuento este detalle porque era de lo único que hablaba nuestra guía. Nos decía “esta playa se llama Playa Prieta y yo y Nancy (la ex) veníamos aquí y nos bañábamos en pelotas, si vieran las cosas que hicimos”. En la siguiente playa, “esta es Esperanza y era la playa favorita de Nancy”. Y dale con la Nancy p’arriba y p’abajo. Ambas  tenían más historias que Papelucho y andaban por ahí en lo tragicómicas.

Voy a ser directo y pesado: A mí me carga la gente que habla de los ex. No hay nada más aburrido e incómodo que tener que mamarse un monólogo sobre los pololos o amantes del pasado. Yo, para ser bien sincero, casi ni me acuerdo de los nombres de mis ex. Como decía una amiga que hoy triunfa en los escenarios nortinos: “Conozco, ocupo y olvido”.

En fin, las historias de la Nancy adornaron nuestros paseos playeros, pero pese a sus anécdotas Tom y yo igual encontramos la manera de pasarlo bien. El mar del Caribe es hermoso y los paisajes te quitan el aliento, así que a pesar del soundtrack latero y melancólico no había forma de pasarlo mal.

Pero, como dije en mi columna pasada, soy quemado para tomarme vacaciones.

La última noche de nuestro holiday se nos ocurrió ir a la Bahía Luminosa. Este lugar está cubierto por un tipo de plancton que brilla con colores fosforescentes al contacto. El lugar no tiene luces y cuando te subes a la barcaza que te lleva hasta el centro de la laguna puedes ver los peces como rayos luminosos atravesando el agua.

Cuando nuestro transporte se detuvo, todos nos lanzamos al mar. La experiencia iba del uno y yo nadaba como Daryl Hanna en Splash, como la Esther Williams en Bathing Beauty, rodeado de luces y un aura que daba un toque mágico, cuando sentí una picada más dolorosa que las historias de la Nancy. Una medusa diabólica me había agarrado el brazo. Cinco minutos más tarde, derechito a la sala de emergencia con una reacción alérgica de película.

Yo sé que esto suena trágico, pero hoy me puedo reír, porque esa sala de emergencia era una chacra. De partida, cuando llegué una viejita me dijo que si no me quejaba fuerte no me atendían. Al principio no le creí, pero pronto me di cuenta que todo el mundo se quejaba y gritaba y que sólo a los más alharaquientos los pescaban. Un poco avergonzado, puse mi mejor cara de sufrimiento y empecé a quejarme.

Los otros pacientes me daban miradas furiosas y gritaban más fuerte. Era la competencia del sufrimiento para una visita a un doctor que tenía más pinta de curandero que de médico de turno.

Dos horas más tarde (como he dicho en columnas anteriores, el quejido como que no es lo mío), el doctor por fin me llamó. Con una mirada a mi brazo y una revisada poca, me puso una inyección antialérgica y me mando para la casa.

Al otro día nos vinimos de vuelta a nuestras heladas tierras del norte, con la memoria llena de lugares hermosos, historias de amor trágico y un brazo aún hinchado por culpa de una medusa vilipendiosa.


Autor del Artículo:

Gay & The City

Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.


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