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"La vida está llena de cuatro letras: Amor, sexo, rock, vino... y eso mismo que están pensando" Cuatro Letras |
Yo soy quemado cuando se trata de vacaciones. Me encanta viajar y conocer nuevos lugares, pero cada vez que me aventuro alguna penuria tengo que pasar.
Debe ser mi alma de mártir o la delicadeza de este cuerpo de diosa vikinga que Dios me dio. Sea lo que sea, cada vez que me tomo unos días libres termino en algún periplo tragicómico. Uno de los mejores ejemplos fue mi viaje con Tom, mi esposo, a Vieques.
En el 2010 el invierno estaba tan frío que hasta las trenzas se nos congelaban. En un arranque de locura nos tomamos un par de días libres y fuimos por un fin de semana largo a esta isla perteneciente a Puerto Rico, de la que sólo conocíamos su nombre y reputación de ser gay friendly.
Una cosa es querer ir a Vieques y otra distinta llegar. El viaje a San Juan fue sin atados, pero cuando llegamos a la puerta de salida de Vieques la cosa se puso color de hormigón tocopillano; la única forma de volar al paradisiaco lugar es en un avión del porte de un Fiat 600. Y no exagero; mi cacharro es más grande que ese pajarito y creo que también más seguro.
Mientras esperábamos (yo con el poto a dos manos) noté que todos los pasajeros que estaban por subirse a la nave eran gay. O sea, no había que preguntar, estaba más que claro. Eso me dio un poco de esperanza. Por lo menos la fama del lugar era cierta.
El piloto se acercó al grupo y nos preguntó uno a uno cuánto pesábamos. Nos explicó que el avión tenía un límite de peso y que era peligroso pasarse.
Los coliguachos se pusieron incómodos y comenzaron a mirarse unos a otros. Yo pensé: “Estos mariconcitos van a mentir sobre su peso de puro pretenciosos y nos vamos a ir todos de cabeza al agua”.
Como si el pánico ya no fuese suficiente, el piloto me miró y dijo: “Tú te vas adelante porque eres el más liviano”. Esto de ser espigado es una bendición y una maldición al mismo tiempo.
Y así, rezándole a la Virgen del Santo Miembro, me subí al avión pensando que la siguiente media hora sería la última de mi vida. Como las ricas, me senté en el primer asiento con mis lentes oscuros y mi maletita de mano. La Jackie Onassis era una chala vieja comparada con este servidor. Una cosa era clara para mí: Si la suerte me venía fatal, me iba a ir envuelto en un aire de distinción.
Contrario a mis funestos augurios, el viaje fue espectacular. La vista desde el avión era preciosa y el mar del Caribe, impresionante. El avioncito aterrizó como una mariposa posándose en una flor; le estoy poniendo un poco, pero la dura es que ni siquiera el aterrizaje fue muy movido.
En la isla nos esperaba nuestra guía turística, una lesbi muy dije que se dedicó a mostrarnos los lugares más remotos y hermosos de esta isla. Voy a escribir un par de columnas más acerca de Vieques, porque el lugar lo merece y también tengo que contar cómo termine en la sala de emergencias mas tétrica que he visto en mi vida…
Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.
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