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"La vida está llena de cuatro letras: Amor, sexo, rock, vino... y eso mismo que están pensando" -Don Cuatro Letras- |
Me da rabia que la gente piense que las minas que disfrutamos de nuestra sexualidad sin complejos somos todas unas maracas de mierda. ¡Grrr!
Es cierto que soy casada y con hijas, pero no recuerdo haberle cobrado a ningún hombre luego de haberme acostado con él.
Lo que más bronca me provoca es que sea tu propio género el que más insista en descalificarte. Con este tipo de mujeres, el día del níspero dejaremos de ser consideradas el sexo débil.
Díganme infiel, coqueta, inquieta, suelta o caliente, por último, pero nunca maraca, ¿ya?
Otra cosa que me molesta es que se crea que todos los revolcones que una se ha pegado por ahí han sido gratísimas experiencias. No, pues. El sexo casual tiene una serie de riesgos conexos, como que el hombre con el que enganchaste una noche termine siendo un fiasco en la cama o que te mate la pasión con cualquier actitud o modal rasca que tú no eres capaz de tolerar.
• Como, por ejemplo, esa manía que tienen por comenzar el acto con sexo oral. Y siempre ellos primero. Estás recién sacándote la ropa, y el idiota te agarra la cabeza y te obliga a que se lo chupes. “Dame una buena mamada. Te conviene, guagüita, porque así se me pone como fierro”, es el argumento de siempre.
El flaco Marcelo era así. Alcanzó a trabajar seis meses en la oficina. Le toleré varias veces el numerito. Me cogía del pelo con ambas manos y me la metía hasta las amígdalas. Le daba lo mismo que me provocase arcadas.
La tercera vez que nos acostamos comenzó con la misma lesera, con tanto entusiasmo que eyaculó en mi boca. Y se echó sobre la cama a comentar lo rico que lo había pasado. ¡Él, poh!
Fue la última vez que le aguanté el salto, porque después de su “fantasía”, estuvo dos horas tratando de que se le volviera a parar y no hubo caso.
No voy a negar que me encanta llevarme un buen pico a la boca, pero no soporto que me obliguen a hacerlo. No. Ese tipo de hombres es una soberana lata…
• ¿Han contado cuántas veces al día los hombres se encierran en el baño a hacer caca? Y se les tiene que ocurrir siempre antes de mandarse un polvo. Inexorablemente. Te dicen “voy al baño”, mientras tú te quedas esperando en pelotas sobre la cama que el wea cague, fume y tire la cadena del baño en el motel. Si tienes suerte, se meterá a la ducha a sacarse ese repugnante olor a culo.
Recuerdo haberme pinchado una vez a un colega de una AFP que pituteaba vendiendo corbatas.
“Aguántese un cachito, mijita, que vuelvo enseguida”, me dijo.
El hotelucho era rasca y la puerta del baño no cerraba bien. Se escuchaba todo, cada peo del chancho ese. Al rato comenzó a salir un olor pestilente. Ni que el weón almorzara en un vertedero…
Me vestí rapidito, sin meter ruido, y me mandé a cambiar con la caja de corbatas que el infeliz había dejado sobre la cama. Ahí terminaron sus cochinadas de poliéster: En el tarro de la basura.
• Otra mugre que me mata la pasión es la dependencia que tienen ciertos hombres del control remoto. Tú llegas toda ardiente y esperas que te coma a besos, pero el tonto se acuesta con zapatos sobre la cama a mirar tele. “Llame usted y se pide dos pisco sour, mi cielo, ¿ya?”, dicen, mientras acomodan los cojines.
Me pasaba con el Renzo, un jefe casado con el que me metí durante un año y medio. Una vez al mes me llevaba a un motel de Beaucheff y esperaba que yo contestaste el citófono para pedir los sour de cortesía. Y él, embobado con la tele. Le mostraba las tetas y le agarraba el paquete, pero el pelado de mierda miraba noticias.
Cuando me metía al baño de puro aburrida, siempre, pero siempre el pelado Renzo se apuraba en colocar el canal 3. Y así lo encontraba, mirando porno y frotándose el muñeco.
No sé si seré cartucha, pero esos weones que dependen del porno para calentarse son puros pajeros de mierda.
• Sé que gran parte de mi éxito con los hombres se debe a la exuberancia de mis pechos. A mi edad, aún están grandes y parados; con pezones grandes y rosaditos.
Me excita mucho que me los chupen, pero no soporto a esos hombres que sufren una regresión cada vez que les ponen las tetas en la cara. “Mamita, mamita”, te gimen, mientras aguantas que te mastiquen las gomas como a una mona inflable. Les faltan los puros pañales y el andador…
El Andro era así. Cada vez que nos acostábamos, mis pechugas terminaban llenas de moretones. Me las palmoteaba, tironeaba los pezones, se hacía una rusa… En fin, su performance amatoria giraba exclusivamente en torno a los pechos y se olvidaba de mi entrepierna. ¡Qué tipejo más mamón!
Con estos tarados puedes hacer lo que quieras y pedirles que por ti se tiren de cabeza al Mapocho, pero en la cama se transforman en unos lateros…
• Me encanta comenzar un romance con sus buenos traguitos, pero acostarse con un escabeche humano también es una cosa que me mata la pasión.
¿Qué cresta creerán estos hombres cuando llegan a la cama curados como piojos? ¿Qué es pega de una hacerlos acabar? Porque se les ocurren las perversiones más oscuras; sin embargo, no son capaces de satisfacerte. Se ponen brutos, violentos y babosos, pero no hay caso de que se les pare bien la tulipina. Y ahí puedes pasarte horas, aguantando ese aliento a vinagre y que suden como caballos, esperando el milagro que no llega nunca…
Confieso que me he metido con varios borrachos y con todos ha sido una pesadilla. Siempre están pidiendo el último copete. Se ponen groseros y ordinarios. ¡Una vergüenza este tipo de perejiles!
• Lo que no le aguanto ni a mi marido es esa maldita costumbre de los hombres de sacarse los mocos en el auto o en la pieza. ¿Creerán que no los ve nadie?
A mí me ha pasado más de una vez percatarme de cómo tu pareja ocasional se mete los dedos hasta el fondo de la nariz sobre la cama. Y el cerdo juega haciendo bolitas que luego lanza sobre la alfombra. Trata de hacerla piola, pero siempre lo terminas pillando. Y créanme que da asco.
• ¡Y qué buenos que son los hombres para tirarse peos! No tienen ningún pudor en soltar la tripamenta al lado tuyo y mover las sábanas para que el olor se diluya.
No, les juro que he dejado tirados a un par de estos zorrillos. Prefiero tomarme un taxi que aguantar esa falta de respeto.
Les cuento todo esto, para que las mal habladas no crean que esto del touch and go es coser y cantar. También se sufre. Y harto.
Y la culpa siempre es de una, por no convencerse de una vez que los hombres son todos como el chancho verde de Angry Birds. ¡Puaj!
Vendedora de "amplia experiencia" en los rubros de AFP, seguros, Isapres, sepulturas, tiempos compartidos, créditos y cuanta tarjeta exista. Exuberante mujer de 29 años, está casada con "el gordo" y tiene dos hijas que le sacan canas verdes. Para relajarse sale de japi agüer con sus amigas y hace lo que más le gusta: Afiliar.
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