25.03.2012


La rompí en el Fausto con mis lentes de contacto azules


La vanidad siempre ha sido mi pecado. Desde que era pendejito me preocupaba de verme regio y destacar entre las multitudes. No voy a mentir: En mis años mozos el buen gusto no fue siempre uno de mis atributos, pero poco a poco encontré mi propia voz y estilo.

Fue a mediados de los 90 cuando a Iquique llegaron lentes de contacto de colores, más baratos y juleros que Ipad chino. Por supuesto, yo le pedí a mi madre que me mandara un par azules, como el cielo nortino en un día soleado.

Y así, con mis ojos nuevos, me fui al Fausto.  Apenas entré los coliguachos comenzaron a piropearme los ojos y yo, como la Liz Taylor, sonreía y aceptaba los traguitos gratis que llegaban sin parar. A eso de las 3 de la mañana estaba bien curadito y, como cada vez que tomo, caliente como tetera de campo.

Me metí a la pista de baile y rapidito encontré una víctima. Me puse a bailar junto a él y, como imaginé, se acercó y me halagó los azules. Para hacerla corta, un traguito, un atraque y nos fuimos para su casa.

No les puedo contar cómo fue el encame porque no me acuerdo. Estaba curado como minero en día de pago y creo que hasta me quedé dormido en pleno ensarte.

Yo tengo una capacidad increíble para memorizar tulas. Puede que no recuerde nombres, pero reconozco a cualquier mino con el que me haya encamado por el huachalomo. El chinito tuerto es como una huella digital.

Pero a este mino, tengo que ser sincero, no lo reconocería ni aunque me lo mostrara firmado con su nombre. Así de curado estaba.

Al día siguiente desperté con una caña de aquellas. Parecía que alguien me hubiera agarrado a palos la noche anterior. Me levanté mientras mi Romeo dormía y fui al baño. Cuando me mire al espejo, horror, ¡había perdido uno de los lentes de contacto!

Me entró el pánico. Me fui en puntillas hasta la cama y comencé a buscar sin hacer mucho ruido. No encontré nada. La idea de que el mino se despertara y me viera sin los ojos postizos fue más fuerte que las ganas de verlo de nuevo.

Me vestí rapidito y, tratando de hacerla piola, me fui sin decir adiós.

No había caminado ni una cuadra, cuando me di cuenta que mi cadena de plata se había quedado en el departamento del bello durmiente. La guata se me hizo un nudo. Tenía que devolverme, golpear la puerta y pasar la humillación de reconocer que los ojos que él tanto me había celebrado eran postizos.

La pensé un rato. La cadena me la había regalado una tía y, aunque no costaba mucha plata, tenía un valor sentimental grande.

Con la cola (valga la redundancia) entre las piernas, me devolví al depa. Cuando el mino me abrió la puerta lo primero que dijo fue: “Encontré uno de tus lentes de contacto en la cama”. No sólo quería que me tragara la tierra; quería que me cayera un rayo y me electrocutara. Le dije que también se me había caído la cadena.

Me fui de su casa con un lente de contacto y una cadena en la mano, humillado, vilipendiado y palabreado.

Por supuesto, esta experiencia no me enseñó nada, porque en mis años de juventud yo era dura como gallina vieja. Al contrario, le pedí a mi mamá que me enviara distintos lentes y seguí pretendiendo que la naturaleza me había bendecido con ojitos de colores.


Autor del Artículo:

Gay & The City

Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.


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