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"La vida está llena de cuatro letras: Amor, sexo, rock, vino... y eso mismo que están pensando" Cuatro Letras |
La agresión sufrida por Daniel Zamudio (con muerte cerebral desde este domingo) es estremecedora e imperdonable. Como sociedad no podemos aceptar actos de violencia en contra de ningún individuo, pero por sobre todo no podemos permitirlos cuando se basan en la homofobia, el racismo o cualquier otro tipo de discriminación existente.
Daniel es hoy la víctima de una sociedad que por años ha permitido, e incluso defendido, el ataque a los homosexuales, transgéneros y todos aquellos que se han atrevido a rechazar los estereotipos de género y sexualidad.
Muchos de nosotros crecimos siendo agredidos psicológica y físicamente. En las escuelas nos ponían sobrenombres y golpeaban, y los profesores no hacían nada; por el contrario, nos culpaban por no ser suficientemente hombres, por ser maricas y afeminados.
Yo crecí en un Chile donde ser diferente era pecado y, aunque nuestra sociedad ha avanzado en el tema de derechos para las minorías sexuales, sé por experiencia propia que aún existen muchos que piensan que Daniel y el resto de nosotros merecemos una soberana paliza para que se nos quite lo “maricones”.
En el 2007, mi esposo Tom y yo fuimos de vacaciones a Chile. Una noche, luego de haberlo pasado fantástico en la disco Bunker, decidimos caminar hasta el departamento donde nos estábamos alojando.
Íbamos por la avenida Santa María cuando vimos a un grupo de neonazis caminando en dirección a nosotros; antes de que pudiéramos reaccionar se nos tiraron encima con patadas y combos. Mi esposo cayó al suelo y vi cómo la bota de unos de los agresores le golpeaba en la cara.
No sé de dónde saque fuerzas -debió ser la adrenalina y el terror a que Tom no sobreviviera a la golpiza-, pero me lance a defenderlo y apenas logré levantarlo comenzamos a correr.
Esa noche terminamos en la clínica Santa María, yo con una costilla rota y él con moretones y la mandíbula dislocada. Cuando por fin nos reunimos, las primeras palabras de Tom fueron: “Why?”.
¿Por qué? No sabía cómo explicarle que el país que amo tanto y del que siempre he contado sólo maravillas es también un lugar donde actos de violencia, discriminación y homofobia ocurren impúdicamente. Cómo le podía explicar al hombre que amo que nuestra denuncia a Carabineros no daría ningún fruto y nadie sería juzgado por la agresión que sufrimos.
Yo sé que Chile ha cambiado mucho en cinco años, pero lo que ocurrió a Daniel es un recordatorio de que nuestra sociedad aún tiene un largo camino que recorrer. Los crímenes por razones de odio no pueden ser tratados como simples delitos. Si un joven es golpeado por ser homosexual, las penas deben ser mayores. Ese es el tipo de mensaje que una sociedad que no tolera la discriminación debe enviar a sus ciudadanos.
Mientras escribo esta columna no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas. Los culpables de lo que le ocurrió a Daniel no son sólo los neonazis que le dieron la golpiza, son todos los hombres y mujeres que han hecho comentarios homofóbicos, los padres que no aceptan a sus hijos gays, los profesores que toleran la discriminación en las escuelas. Cuando uno de nosotros es víctima de una agresión, todos lo somos al mismo tiempo.
Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.
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