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"La vida está llena de cuatro letras: Amor, sexo, rock, vino... y eso mismo que están pensando" Cuatro Letras |
Yo debo haber sido uno de los peores meseros de la historia. Uno, soy más descoordinado que el gobierno de Piñera; dos, tengo pésima memoria, y tres, soy bien malas pulgas.
Mi jefe no me echaba porque me tenía buena y porque se cagaba de la risa por los reclamos de los clientes, pero era claro que si hubiese trabajado en un lugar más serio me habrían pateado el culo y tirado a la calle la primera semana.
Es bien difícil acostumbrarse a la idea de ser mozo después de haber tenido una carrera profesional. No es que no sea un trabajo digno, pero el ego es bien traicionero y se nos cuela en los pensamientos sin darnos cuenta.
Pero no todo era sufrimiento, la pega tenía sus partes entretenidas. Cuando cerrábamos el boliche nos poníamos a chupar y a reírnos de los chascarros del día. Los cocineros (todos mexicanos) se burlaban de mi acento y encontraban de los más divertido cuando les pedía choclos o paltas.
Entre esos chefs se encontraba Tino, un cabro con cuerpo de fisioculturista y estatura de mono de taca-taca. El chiquillo era bueno para la chacota y le gustaba calentarme el agüita. Aunque era hétero y tenía polola, cada vez que me pasaba los platos me acariciaba las manos y se largaba a reír.
Cuando nos curábamos me weveaba con preguntas insinuantes: “Ricky, ¿a usted le gustaría darme un masajito en la espalda?”, “Ricky, tengo una hinchazón por aquí abajo, ¿quiere verla? (dirigiendo su vista al bulto)”. Yo le seguía las bromas: “Cuando quiera nomás, Tino, usted me avisa”. Él se largaba a reír y a mí me subía la temperatura.
Un día, cansado de que azuzara, me armé de valor y le dije: “Si tiene tantas ganas de probar, por qué no nos juntamos en la bodega en una hora”. El calienta sopa me miró y no dijo nada. Yo estaba decidido a terminar el cuento. O nos ensartábamos o la cortábamos de una. Enough is enough, como dicen mis amigos gringos.
A la hora me fui a la bodega y detrasito mío llegó el curioso. “Yo nunca he hecho esto”, me dijo. Yo me acerqué y le traté de poner un beso bien chupeteado, pero me paró y me dijo: “Sin besos, porque me da cosa”.
Yo no soy muy regodeón, pero eso de “sin besos” me hizo sentir un poco puta. En todo caso, no iba a perder la oportunidad. Le agarré la fajita al mexicano y noté que la tenía a media asta. Se me calentó la chichi al tirante.
Lo empecé a sobajear por encima del pantalón y él se puso tenso de una; para el porte del petiso, tenía su buena herramienta. Le desabroché el pantalón y el chipote chillón le saltó como se tuviese un resorte. Lo empecé a acariciar y él se quejaba como cucurrucucú paloma.
Yo estaba listo para tirarme al dulce con tutti, cuando a mi Romeo le dio un ataque de pánico. Me pegó un empujón, se abrochó el pantalón y me dijo que no podía. Antes que pudiese contestarle, el cabro ya iba apretando como el Correcaminos. Ahí me quedé listo para la batalla y con la media angustia.
A partir de ahí Elías cortó el tandeo. Apenas me miraba y definitivamente no me hablaba. Con el tiempo el bochorno se le pasó y volvimos a ser amigos. En medio de una de nuestras curaderas yo le tiré un par de palos para ver si podíamos terminar el encontrón, pero no pescó. La curiosidad se le había pasado.
Años más tarde, mi amigo se casó y hasta el día de hoy me pregunto si alguna vez habrá satisfecho sus urgencias coliguachas. Yo creo que sí. Cuando se tiene el bichito del mariconeo, es sólo cuestión de tiempo catear la tula loca.
Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.
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