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"La vida está llena de cuatro letras: Amor, sexo, rock, vino... y eso mismo que están pensando" Cuatro Letras |
El Pelao Valdivieso entró sin avisar y, tras tomarse un segundo para disfrutar del espectáculo porno, anunció en un grito histérico: “¡Rizo acaba de entrar, vístete niña!”.
No tuve que explicarle a mi amante quién era Rizo. El chamo era vivito y sin pensarlo dos veces agarró sus pilchas y se encerró en el baño. El instinto de supervivencia es una cosa increíble.
Yo sólo alcancé a ponerme una camiseta y los calzoncillos; Rizo estaba parado frente a mí antes de que pudiese alcanzar los pantalones.
Voy a traducir el diálogo a uno menos ofensivo, porque aunque el Cuatroletras es sueltecito con la lengua, lo que aquí se dijo es a otro nivel:
- ¿Dónde escondiste al maricón y la madre que lo parió?
- Rizo, no es lo que imaginas. Me dio sueño y me vine a acostar.
- La pieza está pasada a sexo y lubricante. ¿Tú crees que soy weón? (como punto de clarificación, yo sabía que Rizo weón no era).
- Déjame vestirme y conversemos.
No acababa de terminar esa frase y Rizo ya iba escalera abajo. Es difícil de explicar el amor que sentía por él. Ya sé lo que se preguntan -cómo podía amarlo si me lo andaba trayendo de venado-, pero la dura es que mi inmadurez e inseguridades me hicieron sabotear varias veces nuestra relación.
Mi inseguridad era lo peor. Crecí siendo el patito feo; mis orejas eran muy grandes, mis ojos demasiado juntos y mi cuerpo muy delgado. Aunque amaba a Rizo, acostarme con otros era un elixir que calmaba la angustia de mi autoestima.
Él tampoco era un santo -no estoy tratando de justificarme- y tenía sus propios atados, incluyendo un temperamento de demonio marino que me costó un par de aletazos bien dados.
Corrí tras él, escaleras abajo, como una damisela de cuentos, con mi camiseta, mis calzoncillos blancos como la nieve y mis zapatillas de conejito tamborilero. Le rogaba que se detuviera y hablara conmigo, pero ni me miraba; con la cabeza en alto, pero con lágrimas en sus ojos, atravesó el océano de borrachos y siguió imperturbable su cabalgata de despedida.
Llegamos a la calle y me paré en la mitad a gritarle que lo amaba y que estaba dispuesto a dejarlo todo por él, que me dijera qué hacer y yo lo haría. Él se subió a su auto y se fue. Ahí fue cuando llegaron los pacos.
Gracias a los dioses quechuas, mi amigo Valdivieso era bien conocido entre los carabineros del centro, y cuando digo bien conocido quiero decir que se había comido a varios.
Gracias a su reputación (acento en puta) le debían un favorcito aquí y otro allá, y aprovechó de cobrárselos.
El Pelaíto amoroso les explicó a los amigos en el camino que yo estaba descorazonado y borracho y que él personalmente se haría cargo de mí. Así fue como me dejaron ir.
Aunque parezca increíble, al día siguiente Rizo y yo volveríamos una vez más.
De vuelta en el depa me vestí y volví al jolgorio. Mi galán de telenovelas había apretado cachete, presa del terror que Rizo le había metido con sus gritos. De todas formas, yo ya no quería agarrar huachalomo, lo único que deseaba era pasar las penas de amor tomando.
The Beautiful Ones, de Suede, sonaba a todo volumen, y con Juanca y Maxi bailamos con furia. Era nuestro himno, nosotros éramos the beautiful ones, éramos la gente linda, con vidas regias y amores pobres. Borrachos y drogados más seguido que sobrios, porque cuando la volá se pasaba la vida no era tan wonderful como decía la canción.
Esa noche las aventuras continuaron. Un futbolista apareció a altas horas de la madrugada y yo interpreté todos mis bailes sexies para tratar de seducirlo. En la próxima les cuento si el meneo pélvico resulto o no… to be continued…
Ricardo Henríquez es un tocopillano de cuna y alma. A los 23 años se graduó como periodista de la Universidad Católica del Norte y partió derecho a trabajar a La Cuarta. En 2001 emigró a Nueva York en busca de aventuras y nuevas oportunidades y hoy vive en New Haven, donde trabaja como asesor político. En 2011 se casó con su pareja de nueve años, Thomas, con quien adoptaron una linda perrita llamada Penny Lane.
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