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"Si no tienes sentido del humor, estás a merced de los demás." -William Rotsler- |
Para qué les voy a mentir. En mi vida he pasado sólo un 14 de febrero con pololo. La verdad es que fue súper fome, yo estaba en el sur y mi pololo de aquel entonces estaba en Santiago. Ni un brillo.
Y así es como nuevamente pasaré el 14 de febrero sola. Bromeo y digo que quiero un pololo porque estoy aburrida de estar sola, pero en el fondo es mentira. Nunca había disfrutado tanto una soltería.
El otro día salí con un tipo. Buenmozo, maduro, simpático y todo un caballero… Y esa “pseudo-cita”, me llevó a pensar en cómo evolucionan las citas y amores a lo largo de los años.
Cuando tenía 5 años el amor de mi vida se llamaba Rodrigo. Fuimos reyes del curso. A veces nos tomábamos de la mano y fui la invitada de honor en su cumpleaños número seis. El amor nos duró hasta que a su papá lo trasladaron a Santiago. Nunca más lo vi.
A los 7 me gustaba el chico rudo curso. Se llama Felipe. Yo creo que el sentimiento era mutuo, pero nunca nos lo dijimos. Me escribía papelitos preguntándome qué quería de regalo. En ese tiempo, yo le pedía lápices en gel y él me los regalaba.
Ya a los 13 años tuve mi primer pololo oficial. Un amor lindo, puro y súper inocente. Nos dábamos besos a escondidas en la sala de clases. Le ayudaba en las pruebas y como jugaba básquet, los sábados me lo pasaba en el estadio. Nos peleamos, terminamos, volvimos a escondidas y así estuvimos hasta tercero medio, cuando ya la cosa no dio para más.
Pero como a nadie le falta Dios, en esa misma época me terminó gustando el chico porro del curso. Según mi profesora jefe y mi mamá, era una mala influencia. Apenas me dijeron eso, me puse a pololear con él.
Duramos, en total, dos años. Fue un pololeo lindo, pero súper tortuoso. Con él salía a bailar, a tomar helado y a comprarnos ropa. Se terminó cuando descubrí Santiago, el conoció a la que muchas veces llamó “error” y cuando me cansé de luchar contra el odio que mi mamá sentía por él.
Pasaron años hasta que me volví a encantar. Aquí la cosa cambió. Ya estábamos en la Universidad, me encariñé con su familia, pasábamos el máximo de tiempo que podíamos y con él aprendí de todo y en todo sentido.
Salíamos a comer, pero como éramos estudiantes, lo hacíamos en el McDonalds. Íbamos al cine, pero en ocasiones puntuales y una vez me dibujó.
Y de eso ya pasaron años. Ahora siento que me convertí en un Grinch del 14 de febrero. Estoy lejos de ser una amargada, pero igual siento envidia de las parejas que disfrutan del consumismo de la fecha.
Así que, ¿cuál fue mi panorama ese día? Comer como lechona y buscar una película bien mamona para llorar como Luly en reality argentino.
Dicen que mi pelo cambia de color según mi estado de ánimo. Cada vez que cuento chistes, me río en la mitad y no puedo terminar de contarlos. Odio las pecas de mi cara y si pudiera hacerme una cirugía, me pondría pompas. Egresada de Periodismo. Ahora me creo community manager.
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